Chile: Del oasis al estallido

 Desde el 18 de octubre del 2019, Chile vive momentos de inestabilidad social y política que están lejos de llegar a su fin. Pese a la pandemia, que generó un receso en las movilizaciones, distintas protestas como el Estallido del Hambre en la comuna capitalina de El Bosque y la toma de municipios por parte de las comunidades mapuches en el sur, dejaron en claro que este conflicto está lejos de llegar a su fin.













Por Ignacio Valdivia

 

A días de que se cumpla un año, las protestas se han vuelto a reactivar, y desde el 11 de septiembre miles de manifestantes se han vuelto a congregar en Plaza Italia  - una suerte de Obelisco de la capital chilena -, lugar que los manifestantes re bautizaron como Plaza Dignidad. Existe expectativa sobre lo que pueda suceder este domingo: mientras las redes sociales convocan activamente, por lo que se espera una masiva asistencia; el gobierno de Piñera ya está tomando medidas y aumentara los efectivos policiales en los alrededores.

Haremos un repaso de lo sucedido en sus inicios, cómo se viven las cosas en la actualidad y lo que se espera en este movimiento ciudadano que tiene en crisis a la política chilena que, ni con un Plebiscito en camino, ha podido dar calmar a las calles.

“Un oasis en el continente”: La realidad del 3er país más desigual de América latina

En octubre de 2019, América Latina pasaba por un proceso de inestabilidad social y política: a las protestas en Ecuador, Perú, Honduras, Panamá y Haití, se sumaban quiebres institucionales en Perú y Venezuela, y la crisis económica que golpeaba Argentina. En ese contexto, Chile se veía como un país con una economía y política estable desde su vuelta a la democracia, tanto así que su presidente, Sebastián Piñera, señalaba en una entrevista a principios de ese mes que “Chile es un oasis en una América Latina convulsionada”.

Lo que no advirtió el mandatario es que era “un oasis” que se encuentra dentro de los tres países más desiguales del continente, y el 2° más caro de Sudamérica.  El 74,5% de los ingresos de las familias chilenas se destina al pago de deudas, muchos de estos gastos corresponden a deudas por educación (unas de las más caras del mundo).  En Chile, estudiar en una universidad pública puede llegar a costar 600 mil pesos argentinos anuales, sumado a su precario sistema público de salud y a un sistema de jubilaciones sin garantía estatal, dominado por las AFP.

Muchas de estas deficiencias del Estado están avaladas por la Constitución vigente en Chile, que fue promulgada en 1980, en plena dictadura, y que pese sucesivas reformas de los gobiernos democráticos, como la de Ricardo Lagos en el 2005, sigue manteniendo un enfoque que favorece  la privatización y el lucro. En Chile nunca se juzgó ni castigó con dureza a los crímenes de la dictadura y, hasta la fecha, aún hay personas involucradas en cargos públicos o en libertad.

Aunque los políticos digan que “no lo vieron venir”, algunos de estos elementos justifican que la población chilena acumulara la rabia y la impotencia que darían pie a que un 18 de octubre del año pasado, el “oasis” estallara en protestas que no se veían desde la década de los ‘80.

Los secundarios guían la lucha

Una semana antes del estallido, los estudiantes secundarios comenzaron a saltar los torniquetes del Metro de Santiago, en protesta del constante aumento de los precios del trasporte público (que es uno de los más caros del continente). Con la consigna “evadir no pagar otra forma de luchar”, influirían decisivamente al inicio de un proceso histórico. Las evasiones de los escolares y la brutal represión que sufrieron, movilizaron la población, que salió espontáneamente a las calles ese 18 de octubre. Esa noche los cacerolazos se escucharon en toda la Región Metropolitana.

Al pasar los días lejos de apagarse, día tras días, las calles se llenaban de chilenos y chilenas, que ya no solo salían por el alza del pasaje y contra la represión policial, sino por las contantes injusticias y desigualdades que vivía el país: No son 30 pesos, son 30 años era la consigna que resumía décadas de malestar acumulado.

De Plaza Italia a PLAZA DIGNIDAD

 

El punto tradicional de las reuniones masivas en Chile es Plaza Italia, que se ubica entre las comunas de Providencia y Santiago Centro, con dos parques cerca, el Forestal y Bustamante, y a cuadras del barrio bohemio más clásico de la capital, el Barrio Bellavista. La celebración de triunfos deportivos o de algún triunfo electoral, eran los motivos más frecuentes de convocatoria.

Pero desde el 18 de Octubre de 2019 su rol cambió, miles de personas llegaron todos los días durante los meses de octubre y noviembre a expresar su descontento, se volvió un punto de unión entre chilenos y chilenas que ya no celebraban: se reunían a denunciar injusticias.

Rebautizada por los propios manifestantes como Plaza Dignidad, fue escenario de manifestaciones históricas, como la del 25 de octubre, donde se congregaron más de 1 millón 200 mil personas según cifra oficiales. Se sumaron en las semanas siguientes, la Marcha de las Hinchadas, dónde adherentes a clubes deportivos rivales en la cancha se juntaron (luego de la muerte de un hincha de Colo Colo a las afueras de estadio por parte de la policía), dejando de lados las rencillas deportivas, para unirse por un mismo fin. Y la marcha histórica del 8 de marzo, que congregó a más de 1 millón y medio de mujeres que alzaron la voz, no solo en contra del machismo y la violencia de género, sino también contra la desigualdad y la violencia policial.

 

Una impotencia trasformada en violencias

La noche del 18 de octubre de 2019 es una de las más violentas de las que Chile tenga memoria, por lo menos desde el regreso a la democracia: se registraron saqueos en supermercados y locales comerciales, que en algunos casos fueron quemados. Se incendiaron 22 estaciones de Metro (algunas en extrañas circunstancias, testigos apuntan a un montaje policial), mientras en distintos lugares de la capital se registraban enfrentamientos entre manifestantes y policía.

Las barricadas se encendieron en diversos puntos del país: la población molesta parecía haberse sacudido el miedo, para alzar su voz luego de décadas de silencio, golpeando su cacerola y flameando sus banderas, gritando consignas en contra un gobierno que ya para esos momentos había desplegado todo su arsenal represivo, para reprimir todo tipo de manifestación que impidiera el libre tránsito.

La contante represión policial generó que un amplio número de jovenes decidiera proteger la manifestación pacífica y a punta de escudos, punteros láser ,capuchas y piedras lograrían proteger el derecho a libre expresión. Este grupo de jóvenes recibieron el nombre de Primera Línea.

El gobiernos lejos de garantizar la libre expresión promulgó en el mes de enero del presente año las Ley Anti Barricada que sanciona con hasta 350 días de cárcel a “quienes por medio de una barricada impidan el libre tránsito de las personas como también |el lanzamiento de objetos contundentes”, que se suma  Ley de Seguridad del Estado que castiga con hasta 3 años de cárcel a quienes “atenten contra el orden público y contra la normalidad de las actividades nacionales”. Bajo estas leyes y en el contexto de las manifestaciones, se encuentran más de 2500 personas en prisión preventiva (en algunos caso sin pruebas contundentes)

Un Estado de Emergencia, una vuelta a pasado

 

El mandatario Piñera, luego de los hechos de violencia vividos durante el día 18 de octubre, decretaría un estado de emergencia por desorden civil, que no se registraba desde los años de la dictadura de Pinochet. También impulsaría un toque de queda que sigue vigente hasta hoy. Las imágenes de las tanquetas y los militares apostados en Plaza Dignidad dieron la vuelta al mundo mostrando un Chile militarizado. El Presidente que hasta hace poco estaba orgulloso de vivir en un oasis, pasó a declarar que “estamos en guerra, contra un enemigo poderoso e implacable”, justificando con ello la fuerte represión que se ejerció hacia cualquier tipo de manifestación ciudadana. Si bien el estado de emergencia terminó el 27 de octubre del 2019, esto no disminuyó la violencia ni la represión por parte de la policía.

 

Un estado cómplice de la violencia policial

 

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la ONU y Amnistía Internacional mostrarían su preocupación por las violaciones a los derechos humanos cometidas de manera sistemática por Carabineros y militares, en los meses que siguieron al estallido social de octubre, presentado acusaciones por violaciones, abusos, torturas entre otras vejaciones.

Los datos son elocuentes: Alrededor de 359 personas presentaron heridas oculares, de las cuales 339 tuvieron trauma ocular, 55 estallido o pérdida y la lamentable cifra de 2 personas que perdieron totalmente la visión: Gustavo Gatica que fue impactado por perdigones disparados por Carabineros en Plaza Dignidad, y Fabiola Campillay que sería impactada por una bomba lacrimógena en su rostro en la comuna de San Bernardo cuando iba camino a su trabajo.

Los heridos durante las manifestaciones hasta la fecha, según el Ministerio de Salud, es de 11 mil 180, cifras oficiales que claramente pueden ser mayores. Casos emblemáticos son el de Óscar Pérez, joven que fue aplastado por dos carros lanza gases de Carabineros, en una acción transmitida en vivo por la TV chilena, quedando con cuatro fracturas en la pelvis, 2 fracturas en la pierna izquierda, y la vejiga aplastada. Y hace apenas unas semanas, el caso de Anthony Araya, joven de 16 años empujado por un efectivo policial desde el Puente Pio Nono hacia el rio Mapocho (en las cercanías de Plaza Dignidad) que termino con fracturas en ambas muñecas y el cráneo. Son ejemplos de una violencia policial que no ha cesado.

Entre el 18 de octubre de 2019 y el 18 de marzo de 2020, 35 personas han sido reportadas como fallecidas producto de la manifestación. En por lo menos diez de estas muertes están directamente involucrados Carabineros y militares, mientras otras aún están en investigación.

Una salida democrática, una esperanza de cambio

Debido a la presión social en las calles e intentando dar una salida política a la crisis, una reunión de representantes de distintos partidos políticos firmó el llamado “Acuerdo por la Paz”. Aunque no exento de cuestionamientos, este acuerdo definió la realización de un plebiscito para que la ciudadanía decidiera si quería o no cambiar la actual Constitución. Si bien el tratado no implicaba la resolución inmediata de las demandas de la calle, implicaba definir nuevas bases para el Estado chileno, hasta ahora garante de lo privado por sobre lo público. De manera inédita, este acuerdo también estableció que sea la ciudadanía quien decida el mecanismo mediante el cual se redactará, en caso de que gane la opción Apruebo, la nueva Carta Magna: Convención Constitucional (conformada plenamente por ciudadanos y ciudadanas electas para este fin), o Convención Mixta (conformada por un 50% de constituyentes electos más un 50% de parlamentarios). En un principio la votación se efectuaría en 26 de abril, pero debido a pandemia por Coronavirus se trasladó para el próximo 25 de octubre.

A días de cumplirse un año del inicio de las manifestaciones, la población chilena se encuentra ante la oportunidad histórica de decidir si quiere mantener el rumbo que se definió en la década de los ‘80, muchas veces alabado desde los índices macroeconómicos, o construir colectivamente una Constitución que repare las inequidades que la cruzan e integre a su diversidad. Mientras, en las calles, sigue manifestándose el descontento y la crisis política y social está lejos de terminar. Más allá de lo que se resuelva el próximo 25 de octubre, muchos chilenos y chilenas están decididos a seguir en las calles, como dicen sus pancartas, “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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