Por
Álvaro Vidal
Cuando el siglo XX descorría
su velo, específicamente en 1908, nacía en Pergamino –municipio rural de la
Provincia de Buenos Aires- Héctor
Rodolfo Chavero, quien años después sería reconocido por el mundo cultural
de nuestro país y del exterior como Atahualpa Yupanqui.
Compositor, poeta y cantante,
quien a través de sus zambas, vidalas, gatos y canciones, fue incorporando lo
mejor de la tradición argentina a lo que entonces se llamó la “Nueva Canción”.
Sus obras fueron expresando el dolor de los humildes, sobre todo de aquellos
que eran explotados en el marco de la vida campesina, hecho plasmado en la
descripción que desarrolla en su célebre texto “El Payador Perseguido”.
“Yo
sé que muchos dirán
que
peco de atrevimiento
si
largo mi pensamiento
pal`
rumbo que ya elegí,
pero
siempre he sido así,
galopeador
contra el viento”.
Asimismo, el paisaje latinoamericano fue creciendo en su repertorio y por eso recopiló un pequeño poema que musicalizó, “Duerme Negrito”; pero llegó a su encuentro máximo con su brillante “Canción para Pablo Neruda”.
“El
amor a los hombres repite tus poemas.
En
cada calabozo de América
un
muchacho recuerda tus poemas.
Pablo
nuestro que estás en tu Chile.
Gracias
por la ternura que nos diste”.
Este peregrino de la canción y
predicador de la libertad y la justicia, se enorgullecía siempre al evocar a
sus antepasados, mezcla de criollos e indios, así también al rescatar sus
orígenes proletarios, solía decir: “Mi abuelo fue carretero y mi padre
domador”.
Por otra parte, con su esposa Nenette de origen francés –quien
también colaboró en algunas ilustraciones musicales con el seudónimo de Pablo Del Cerro- fueron forjando una
familia que se pudo prolongar en sus nietos Paulita, Muriel y Emiliano. Además,
“Don Ata” como lo llamaban quienes
mucho lo querían, siguió cantando con su estilo casi “a media voz”, “bajito”,
porque según expresaba “el que se larga a los gritos, no escucha su propio
canto”. Eso bastaba para que la emoción creciera en quienes tenían el placer de
acompañarlo en sus recitales.
En estos últimos, pudo dejar un mensaje elocuente para las nuevas generaciones, mediante una de sus canciones más representativas: “Le tengo rabia al silencio”, poesía que es como un himno que tiene un innegable estímulo futuro:
“Le
tengo rabia al silencio
por lo
mucho que perdí.
Que no
se quede callado
quien
quiera vivir feliz”.
Este inolvidable artista argentino, maestro de la palabra y el canto, Don Atahualpa Yupanqui, falleció en Nimes, Francia, en 1992.

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