Por Graciela Ramirez
América conoció la globalización y la
imposición de un pensamiento único a partir de su descubrimiento. Los llamados
“conquistadores”, fueron para nuestros pueblos originarios, los genocidas que
con la cruz y la espada intentaron imponer su Dios, su lengua y sus costumbres.
Los cipayos y las malinches, fueron a
partir de ese momento los que se ofrecieron y colaboraron para que la “cultura”
del invasor, como si no tuviéramos la nuestra, se impusiera.
De ahí en más nuestra América fue un
territorio en permanente disputa, donde las tensiones pasaron a dirimirse entre
“conquistador” y parte de los conquistados devenidos en rebeldes y
articuladores de la resistencia.
Una resistencia que debió enfrentar un
nuevo orden económico que imponía la división internacional del trabajo a nivel
mundial. ¿Qué significó eso?, que los países sometidos siguieran entregando sus
materias primas a los “industrializados”, así como lo hicieron al principio con
el oro y la plata que permitió la acumulación en Europa.
Según Marx y Engels “La burguesía…
obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués
de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a
hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”.
Quedamos atrapados así en un sistema
económico capitalista, cuya contracara, el comunismo enfrentó y produjo
distintas revoluciones en todo el mundo. En 1922 se creó la U.R.S.S. (Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas). En 1954 Mao Tse – Tung, proclamó la
República Popular China. Y en 1959 se produce con la conducción de Fidel
Castro, la Revolución Cubana, un ícono de lucha en Latinoamérica.
Después
de la Segunda Guerra Mundial, en 1949,
Alemania se había convertido en dos países separados: la República
Federal de Alemania (Alemania Occidental), bajo el sistema
capitalista de Reino Unido, Estados Unidos y Francia y la República
Democrática Alemana (Alemania Oriental), comunista, en la
órbita de la Unión Soviética, con un sistema de partido único y economía
planificada.
Hacia
fines de 1970, la crisis capitalista debida al
aumento de los precios de las materias primas, en particular el petróleo,
produjo una baja de la rentabilidad de las empresas, con la consecuente
disminución de sus ganancias. En respuesta a esto las escuelas neoclásicas y ortodoxas
lograron imponer sus recetas y el capitalismo se reconstituyó como forma de la
economía de un nuevo modelo civilizatorio, el neoliberalismo.
Por otro lado, a partir de la caída del
muro de Berlín en noviembre de 1989, que simbolizó el fin de la Guerra Fría. La
desaparición del comunismo europeo, la adhesión del comunismo asiático a las
corrientes de comercio y la producción global permitieron que el neoliberalismo
emergiera como la única solución posible, marcando así, el final de las
ideologías.
¿Qué se necesitó para afianzar el nuevo
paradigma?, imponer un pensamiento único. Que no es más que el sustento
ideológico de los intereses económicos del capital internacional, representados
por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización de
Cooperación y Desarrollo Económico, entre otros. Que se valen de la
financiación a centros de investigación, universidades y fundaciones, para
formar profesionales que serán reproductores de su ideario. Estos tienen el
apoyo de grandes corporaciones de la comunicación, quienes son las encargadas a
través de sus multimedios, de repetir el mensaje a sus audiencias hasta
convencerlas.
¿Convencerlas de qué?, de que el
mercado supera a la política y todo lo regula. Que la economía tiene que
desentenderse de lo social; el Estado no debe intervenir y los mercados
financieros serán los encargados de orientar y determinar el movimiento general
de la economía. Un eufemismo, para decir: se podrán fugar divisas a paraísos
fiscales, empobreciendo así a los países.
¿Qué condiciones se deben cumplir?
Contar con empresas competitivas; librecambio sin límites; liberación del
mercado; privatización de empresas públicas; tercerización de lo que fuera
necesario y respetar la división internacional del trabajo (una vuelta al
pasado).
Obviamente, deberá acompañarse con:
precarización laboral, rebaja de sueldos, destrucción de las centrales obreras.
Mientras tanto el Estado sólo debe actuar como árbitro…. pero siempre a favor
del capital y en desmedro del trabajo.
La maximización de ganancias se llevará
a cabo a través de la súper explotación de los recursos naturales sin ninguna
consideración de las consecuencias ecológicas, con la anuencia de los
gobernantes, presionados por las corporaciones internacionales.
Francois Brune dice que en el discurso
dominante se pueden distinguir cuatro grandes complejos ideológicos:
1. El mito del
progreso: un progreso que nunca se detiene y al cual debemos acompañar. Un
progreso que también es evolución y “cambio” y que nos debe posicionar como los
que más crecen.
2. La primacía de la
técnica: técnica que es ley, técnica acompañada de velocidad. Una velocidad
necesaria para progresar. Una velocidad que no da tiempo a pensar e impone la
necesidad de no quedarse atrás.
3. El dogma de la
comunicación: La comunicación es garantía de éxito y hay que estar conectado a
todo para estar bien relacionado. Para pertenecer a una comunidad. Y aquí
aparece una antecesora en la comunicación, la televisión. Cuyo verdadero efecto
ideológico es convertirnos en seguidores de la ideología dominante de los
poderes fácticos.
4. La religión de la
época: La época es una construcción, que impone sus valores de acuerdo a los
intereses de quienes la definen. Para ello los medios de comunicación
seleccionan los hechos que la definen en función de un encasillamiento
ideológico preestablecido, para hacer sentir al sujeto partícipe de algo que no
tuvo oportunidad de elegir. Pero que lo conduce a legitimar determinados
hechos, como naturales porque pertenecen a la época.
A pesar de las reacciones sociales que
por momentos rompen el discurso hegemónico. La concentración de medios y la
repetición del mensaje, la construcción de noticias falsas que construyen
falsas realidades, permean las subjetividades e impiden cualquier análisis
crítico.
Es así como una parte de los argentinos
defienden a Paolo Roca, en lugar de preocuparse por los 1.450 trabajadores
despedidos en Techint.
En
nombre de la no intervención del Estado, reivindican a una empresa como
Vicentin que, con la complicidad de funcionarios corruptos se encargó de
estafar a todos los argentinos.
Se identifican como anti cuarentena y
en forma absolutamente irresponsable y violenta salen a la calle sin que,
ninguna autoridad en la ciudad de Buenos Aires vea necesario algún tipo de
control. Control que llega a ser una represión violenta, cuando se trata de una
movilización para pedir justicia para Santiago Maldonado y aparición con vida
de Facundo Astudillo.
Justifican la justicia por mano propia,
olvidando que existe la Ley. Esa ley que no respetan, porque no respetan a la
justicia. Pero cuando se pretende llevar a cabo una Reforma Judicial que debe
ser tratada por el Congreso, nuevamente salen a la calle para manifestarse en
contra.
Repiten como loros las palabras de los
comunicadores que, como lenguaraces a su vez, transmiten las palabras de los
que manejan los negocios millonarios del fútbol, para imponer la idea de que “el
fútbol debe volver”. Pero omiten dar a conocer la larga lista de deportistas
afectados por COVID-19.
Y, como están tan preocupados por esas
cuestiones, naturalizan que la gente en situación de calle, se muera de hambre,
de frío, enferma o porque algún asesino le prende fuego mientras duerme.

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