Crónica
policial
Por:
Altamiranda, Paula
Era el 31 de diciembre de 1989, horas faltaban para recibir el año nuevo. En
la ciudad de Tres Arroyos, la policía no consideró la denuncia de su madre y la
comunidad tomó cartas en el asunto. En 2005 la causa prescribió.
Nair Mostafá
Fue en el sur de la
provincia de Buenos Aires, Tres Arroyos. Nair Mostafá era una nena de 9 años.
Salió de su casa alrededor de las 15 horas, un día de calor y como muchos
chicos. Tenían por delante una tarde de pileta. El Club Huracán quedaba a unas
cuadras pero nunca llegó.
Un poco más de las
18:00 horas, Liliana Fuentes, la mamá y, su pareja, Jacobo Pastuchik, al darse
cuenta de que no regresaba, comenzaron a recorrer el barrio y a preguntar por Nair.
Luego de unas horas, entró en razón de que su pequeña hija no había estado en
la pileta debido a que al llegar al Club, sus puertas estaban cerradas por las
fiestas. Se desesperó, pero hizo lo que creyó correcto: fue a la comisaria
primera a radicar la denuncia y pedir ayuda. A lo que le respondieron: “A lo mejor está en
casa de una amiguita. Vaya tranquila, señora. Cualquier cosa le avisamos.”
Sin respuestas,
Liliana Fuentes fue a la radio AM de la ciudad, LU24 donde el periodista
Evaristo Alonso cedió un espacio para trasmitir la noticia. Un bombero
voluntario, de apellido Ford, fue el que organizó los rastrillajes, de los que
participaron decenas de vecinos.
A la 1:15 de la madrugada del 1 de enero, a unos metros de las vías del Ferrocarril
Roca, en la esquina de Falucho y Brandsen, junto al paredón de una escuela, Nair fue encontrada. Aun tenía puesta su maya rosa, un cordón
blanco de su mochila alrededor del cuello, manchas de sangre que no eran de
ella. Estaba boca arriba, asesinada, violada y con mordiscos. Su tercera
autopsia reveló que había sido violada con el dedo del atacante. Como siempre,
la policía no había hecho nada para evitarlo.
Fue un caso conmocionante. Quedó en la memoria de los vecinos de Tres Arroyos, quienes habían iniciado una “pueblada” dando vuelta un Renault 12 que usaban de patrullero. La gente tiró piedras contra la seccional, rompieron las ventanas, las puertas y los patrulleros. Quemaron parte de la comisaria y 17 autos incendiados. La municipalidad de la ciudad copada, más de 25 heridos. Un total de 16 policías apartados de la fuerza. Los disturbios habían durado 22 horas.
El gobernador de la
Provincia de Buenos Aires por ese entonces, Antonio Cafiero, derrotado en la
interpresidencial por Carlos Menem, decidió viajar a Tres Arroyos el 2 de
enero. Se entrevisto con Liliana y le prometió que encontrarían al autor del
crimen. Pero no cumplió nada.
No se puede olvidar la
cara de Nair Mostafá. Esa foto de los ojos redondos y claros, la sonrisa que
apenas se nota. En 2003, se cumplieron 16 años, su crimen por ese tiempo era una
causa abierta en la justicia. Pero quedo en la impunidad, el caso se cerró sin culpables.
Siete jueces, teorías
contradictorias, dos confesos injuzgables, pruebas perdidas. Un caso enrarecido
y paradójico donde todos, quienes sostienen una hipótesis o la opuesta están
convencidos de que el asesino ya se le conoce la cara: que es una de las
personas que ya estuvo detenida en la causa, por sospechas mínimas o grandes. Y
que quizá nunca pague por lo que hizo.
En los 11 días que siguieron, la policía detuvo a 11 sospechosos
distintos, aumento a 16 y luego se redujo a dos. El 11 de enero de 1990 ya no quedaba nadie
preso, solo un imputado. Jorge Carmelo Piacquadio, un barrendero de 36 años, confeso su
participación en la muerte de la nena, aunque después dijo que lo había hecho
bajo “presión” de las palizas policiales. “Yo no la mate, ni la viole, ni le hice
daño. Pero parece que le dio un ataque y murió en mis brazos”, relato ante la justicia. En todas las
instancias judiciales, incluso en la propia Corte, que ya había tenido el caso
durante 4 años, entre 1993 y 1997 se dieron por válidas la
conclusiones periciales que determinaron que Piacquadío padecía un cuadro de
demencia. Es decir, que no
podía ser declarado penalmente responsable.
La tercera autopsia
también reveló que en el cuerpo había cocaína. Fue el pie para que entrara en la causa
el juez federal Luis Balaguer, que prometió un rápido esclarecimiento. Su hipótesis: un
crimen vinculado con grupos de homosexuales y bandas de narcos.
A finales de septiembre, la policía había detenido a un mecánico dental llamado
Jorge Meglia, de 36 años,
acusado de haber secuestrado a dos nenas de 6 y 7 años en una plaza de Adrogué
para llevarlas a su casa de Villa Barceló, violarlas y devolverlas tres horas más
tarde. Recluido 8 años en un penal de Chaco por haber violado al hijo de 7 años
de su pareja. Y tenía un pedido de captura por el abuso de una nena de 9 años
en Lanús. El dato que parecía vincularlo con Nair era la forma de violar a
sus victimas: con un dedo, como a Nair. Meglia, según la policía, habría estado en Tres Arroyos entre
el 26 de diciembre y el 5 de enero. El director del hospital local lo reconoció
como el hombre al que había visto merodear durante la autopsia.
Terminó desprocesado y Balaguer fue apartado. La causa pasó a otro juez de Bahía
Blanca, Leopoldo Velázquez, pero la familia no estuvo de acuerdo con la investigación
y lo denunció. Todo volvería a cero cuando, en el año 1997, la Corte anuló la
confesión de Piacquadío, quien fue sobreseído en 2002 por el juez correccional
José Luis Ares. El juez que lo sucedió fue duro con su trabajo: lo
calificó como “un verdadero modelo de anti-juridicidad.”
En 1998 hubo
un nuevo culpable. Fernando Bayúgar Aizpurúa, 25 años, confesó que él era el asesino. Segundo confeso
injuzgable: padecía esquizofrenia paranoide.
En 1999 designaron a Homicidios de la Policía bonaerense. A 11 años del crimen, los policías
habían encontrado en la comisaría de Tres Arroyos una caja con un pelo
hallado en el cuerpo de Nair. Pero no sirvió para el ADN.
La prueba fundamental
era la malla de la nena. Tenía manchas de semen y debía estar bajo estricta
custodia. Pero se perdió.
“Si no desaparecía el
traje de baño, se hubiera podido echar luz en forma concluyente y definitiva”,
se lamentó el juez Ares. Fue en el fallo en el que sobreseyó a Piacquadío al
considerar que a los 12 años la acción penal estaba prescripta. Pero la
Cámara de Apelaciones lo revocó: estableció que el plazo debe extenderse a los
15 años, porque es posible una calificación como homicidio agravado. “Falta menos de un año y medio y lo más
probable es que no ocurra nada nuevo”, dijo el abogado Hugo Sierra, que
defiende al imputado.
En el año 2005, luego de marchas y contramarchas en medio de ineficientes
investigaciones judiciales, el expediente fue enviado a archivo. La causa fue
declarada prescripta.
Nair
Mostafá nunca tendrá justicia. Se trató, en definitiva, de una cruel historia
de impunidad.


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