Historia
Por Graciela Ramírez
En
mayo de 1865, Argentina, Brasil y el nuevo gobierno uruguayo producto de un
golpe de estado, firmaron el Tratado de la Triple Alianza, en el que se
establecieron los objetivos de la guerra, que duró hasta 1870, y las
condiciones impuestas al Paraguay para su rendición.
A
partir de ese oscuro acuerdo, nuestra América, fue testigo de uno de los hechos
más sangrientos de su historia: La Guerra de la Triple Alianza, que contó con
Gran Bretaña como instigadora, para llevar a cabo su política colonizadora y
librecambista; los gobiernos antipopulares de Argentina, Brasil y Uruguay como
ejecutores y a Paraguay como víctima, a la que previamente se la había
demonizado, como se hizo siempre que el imperialismo decidió invadir un
territorio, aniquilar a sus pueblos y destruir los avances y las conquistas
obtenidas.
Al
finalizar el conflicto según Julio José Chiavenatto, se había diezmado al 90%
de la población masculina y los sobrevivientes tenían menos de 10 o más de 70
años. La población total pasó de 800.000 a 194.000 personas.
Paraguay
era un ejemplo de independencia económica. Sus gobernantes Carlos Antonio López
y su hijo Francisco Solano López, lograron desarrollar la fabricación de
astilleros, navegación a vapor, altos hornos, fábricas metalúrgicas de
arsenales, ferrocarriles, líneas telegráficas eléctricas que unían Asunción con
Paso de la Patria. Se constituyó en la única nación de América Latina que no
tenía deuda externa, pero era acreedora de Alemania y Rusia.
La
educación era pública y gratuita, el porcentaje de analfabetismo era el más
bajo de la región y contaba con escuelas normales de formación docente.
El historiador Pelham Horton Box,
califica el proteccionismo paraguayo como monopolio del comercio exterior del
Estado en el que, desde el modelo de la propiedad de “Las estancias de la
Patria”, de propiedad estatal, se desarrollaba monopólicamente la explotación
de la yerba mate y el tabaco. Y al no haber latifundios, tampoco había
desocupados ni grandes terratenientes.
Según el pensamiento liberal de los gobiernos
que lo enfrentaron, “el Paraguay estaba aislado del mundo “, un argumento que
en nuestro país se esgrimió varias veces y se usó para justificar en distintos
períodos de la historia, la toma de préstamos en el exterior que engrosaron
nuestra deuda externa, sin que ella sirviera para el país sino para la fuga de
capitales.
Pero el desarrollo de la infraestructura
paraguaya demostró lo contrario, ya que fue posible debido a la importación de
maquinaria y técnicos ingleses. Con la
diferencia, que las decisiones no las tomaba Gran Bretaña, sino el gobierno
paraguayo. Situación totalmente contraria en los países que lo enfrentaban, ya
que dependían absolutamente de las decisiones impuestas por la metrópoli.
Por otro lado, mientras Paraguay, acusado de
ser gobernado por una “dictadura”, no tenía esclavos. Brasil, estaba gobernado
por el monarca Pedro II, representante del último imperio esclavista del América,
cuyo pueblo no gozaba siquiera de los derechos básicos.
A su vez, el gobierno mitrista que convalidó la
alianza, lo hizo al ver amenazado el proyecto agroexportador impuesto por la
oligarquía porteña y como una posibilidad de aniquilar a los caudillos de Entre
Ríos, Corrientes y Santa Fe, que defendían las economías regionales frente a la
hegemonía del puerto de Buenos Aires.
Un artículo del diario la Nación al comenzar la
guerra decía: “la República Argentina va a asumir, por fin, ante el mundo, un
carácter simpático y armónico con las grandes aspiraciones del siglo XIX y va a
entrar de lleno en la historia contemporánea con una misión brillante, que
atraerá hacia ella las miradas del universo civilizado”. Una dicotomía
establecida por Sarmiento, en donde los civilizados eran los cipayos y la barbarie
estaba representada por los pueblos que buscaban su independencia.
En ese contexto beligerante, el 16 de agosto de
1869 se libró la batalla de Costa Ñu, cuando ya el ejército paraguayo estaba en
retirada y la guerra prácticamente perdida. El Marqués de Caixa, responsable de
la formación brasilera comunicó tal situación a Pedro II, quien dio la orden de
“matar hasta el feto del vientre de su madre”, para forzar la rendición de
Solano López.
El Conde D ´Eu, yerno del monarca, fue el
encargado de cometer el genocidio, en una contienda totalmente desigual, en la
que participaron 20.000 soldados brasileros, frente a 400 veteranos y 3500
niños paraguayos. Cuyas edades oscilaban entre los 6 y los 15 años, a los que
se había disfrazado de hombres.
Chiavenatto escribe: “Los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla,
despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasilero, llorando
que no los matase. Y eran degollados en el acto. Escondidas en la selva
próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas agarraron
lanzas y llegaban a comandar un grupo de niños en la resistencia” …” después de
la insólita batalla de Costa Ñu, cuando estaba terminada, al caer la tarde, las
madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres
de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, el Conde D´Eu mandó incendiar
la maleza, matando quemados a los niños y sus madres”. También cuenta que,
el hospital de Peribebuy, donde se encontraban los heridos, fue cercado e incendiado.
Y los que lograron huir fueron empujados hacia las llamas.
Si bien en Buenos Aires el hecho fue repudiado,
entre otros por Alberdi, José Hernández y Guido Spano. Las palabras de
Sarmiento dirigidas a Mitre, respecto del terrible hecho, son de una saña
injustificable: “Estamos por dudar de que exista el Paraguay, descendientes de
razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de
razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial (…) Es
providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era
preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana; raza perdida de cuyo
contacto hay que librarse”.
Imaginamos que también lo debe haber satisfecho
que, durante la guerra, Argentina no ahorró sangre de gauchos, ya que
representaban la mayoría de un total de 50.000 vidas que se perdieron.
El 19 de julio de 1948 el presidente
provisional J. Manuel Frutos, a través del Decreto N° 27.484, fijó el 16 de
agosto como Día del Niño del Paraguay y
se sustituyó la palabra "Rubió Ñu" por la de "Acosta Ñu"
como lugar de la batalla librada el 16 de agosto de 1869.
Recién en 1954, durante la presidencia del
General Juan Domingo Perón, Argentina se reivindicó al devolver los “trofeos de
guerra”, que le fueron arrebatados al pueblo paraguayo.
En la ceremonia del 16 de agosto, en el país
hermano, dijo Perón: “Vengo personalmente a cumplir con el sagrado mandato
encomendado por el pueblo argentino de hacer entrega de las reliquias que
esperamos, sellen para siempre una inquebrantable hermandad entre nuestros
pueblos y nuestros países.”

Muy clara la nota. Felicitaciones a las personas que silenciosamente desde este medio alternativo generan esas lineas de fuga para esquivar al odio y al miedo de las empresas de comunicación para no perder la memoria.
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